LA CANCIÓN MALDITA

Todos me decían que no escuchara esa canción, que estaba maldita. “Habla del Diablo”, decía mi mamá; “tiene mensajes subliminales”, decía mi papá. Pero yo no le temo a nada, o bueno, no le temía a nada… Hasta ese día.

Esa noche Daniela fue a una pijamada en mi antigua casa.

   Traigo el casete con la canción maldita —me dijo.

   ¡Shhh! Te van a escuchar mis papás.

Después de cenar fuimos a mi cuarto y vimos la tele hasta que mis papás se durmieron.

   ¿’Tonces?

   ¿’Tonces qué?

   Saca tus walkman.

   Ya te dije que no, mensa.

   ¡Ash! No seas coyona.

Terminamos un collage de NSYNC con recortes de la revista Tú. Recuerdo que estaba sonando Te aviso, te anuncio en la grabadora. Tenía ese disco en original. Casi al final de la revista encontramos un reportaje que llamó nuestra atención. “¡No escuches la canción maldita!”, decía el encabezado; “si la escuchas al revés serás víctima de la maldición”, decía un bullet. Daniela estaba por comenzar a leer el reportaje cuando la interrumpí.

   ¿La escuchamos? —Le pregunté con un morbo temeroso.

   ¡Ponle las pilas a tu walkman!

Sacó de su mochila una caja de plástico medio rota y sin librito. El casete no tenía ningún rótulo en su cubierta. Tuvimos que regresar la cinta con una pluma porque alguien ya la había escuchado. Quise preguntarle de dónde la había sacado, pero empezó a reproducirla. Comenzó a sonar una canción un tanto alegre. La intro’ era como de videojuego; tiempo después supe que era Don’t Go de Yazoo. Le pasé la diadema a Dani. Dijo que no entendía nada y aventó el walkman a la cama.

   ¡Puras tonterías!

   Ni da miedo.

   Y tú que estabas de coyona.

   Vámonos a dormir.

Apagué la grabadora justo cuando estaba sonando Ojos así; mi amiga se acostó tarareándola.

Había pasado una hora y yo no podía dormir, sin embargo, sentí escalofríos cuando Dani dejó de roncar repentinamente. Me pareció hostil el silencio.

   Daniela —no me respondía, tampoco se movía—. ¡Dani!

Escupió tres arcadas. Me aparté porque pensé que me vomitaría en el cabello, pero se controló.

   Quiero escucharla al revés —dijo adormilada, sin abrir los ojos.

   ¿Qué cosa?

   Ponla.

   ¿La canción?

   Ponla.

   Me estás espantando.

   Que-la-pon-gas-di-je.

   ¡Deja de hablar así!

Me levanté al baño. Medité unos minutos sobre la taza. Mi impulso infantil me decía que tenía que decirles a mis papás que Dani estaba rara, que tal vez era sonámbula. Finalmente, no me atreví a hacer tanto drama y volví a mi cuarto esperando ver a mi amiga dormida o que me dijera que todo era broma.

Caminé de puntitas sobre el pasillo. Prendí todas las luces. Traté de convencerme de que no estaba asustada, pero no era cierto. Puse la mano sobre la perilla de mi puerta, me mordí los labios, me temblaban las rodillas, me jorobé un poco, me castañeaban los dientes. Abrí la puerta de sopetón con el pulso a mil por hora y lo que encontré se convirtió en la imagen más espeluznante jamás vista por su servidora. Daniela estaba sentada en el centro del cuarto, en posición de flor de loto. Sus ojos estaban blancos. Le escurría un opaco líquido gris de la boca. Su cuerpo se tambaleaba. No atendía a mi llamado. Tenía los audífonos puestos, a todo volumen. Se alcanzaba a escuchar una melodía ininteligible. Ella balbuceaba blasfemias.

Estaba a punto de gritarles a mis papás cuando pasó lo peor: su alma salió de su cuerpo, pude verla. Su piel se secó como si fuera una ciruela pasa. El alma deambuló por el cuarto. El walkman se abrió solo. El casete levitó. La cinta magnética salió del carrete y el alma se grabó sobre ella. Mientras lo hacía pude reconocer la melodía de Don’t Go al revés, después se escuchó la voz de Dani cantando Ojos así, pero distorsionada; me tapé los oídos. El alma terminó de impregnarse en la cinta y el casete cayó al suelo. Creí que todo se trataba de un sueño. No fue así.

Mi familia y yo tuvimos que huir. Nadie nos creería lo que pasó, ni siquiera mis papás me creían. Enterramos el cuerpo de Dani en un lote baldío. Yo arrojé el último montón de tierra sobre su cadáver.

Han pasado veinte años desde entonces. Llevo el collage que hicimos a cualquier lugar donde me mude.

Aunque mi alma no salió de mi cuerpo, la maldición también cayó sobre mí. Mis padres murieron hace cinco años asesinados. Yo perdí la paz. No puedo dormir bien. Sufro ataques de pánico. Jamás volví a escuchar música voluntariamente.

Me puse a escribir esto porque acabo de darme cuenta de algo. Hace unos minutos estaba viendo un tiktok de una creepypasta: “El misterio de la canción maldita”. Han recopilado todos los testimonios de la famosa maldición, de la que no se había hablado desde la muerte de Dani. Al parecer, alguien pudo conseguir aquella cinta que dejé en mi cuarto. En el tiktok se muestra cómo la reproducen. Pero ya no hay rastros de Don’t Go, lo que se escucha es Ojos así con la voz de Daniela distorsionada. El video muestra una advertencia más que clara: “ahora reproduciremos la canción hacia atrás para ver si hay un mensaje oculto. Si tienes el valor suficiente, ¡escúchala!”.

Decidí cerrar el reproductor. Ni loca iba a escuchar la canción al revés, pero la compartí en mis historias de Instagram, de WhatsApp, de Facebook. La envié a todos mis grupos: los de los vecinos, los de mis amigos, los de mis trabajos.

Tú no puedes acabar con las maldiciones porque te enfrentas a un poder que ni siquiera puedes comprender. Tú no te encuentras con las maldiciones, son ellas las que te eligen. Yo viviré con el peso de haber sido elegida, pero tengo la responsabilidad de esparcirlas hasta donde pueda. Porque las maldiciones, al igual que las bendiciones, sólo se propagan de persona a persona. 

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