EL COLOR DEL ADIÓS

Ella tenía una vela para cada muerto y la encomienda sagrada de preservar un ritual. En la sala incandescente no se podía entrar a menos que supieras a quién le ibas a rezar. Los nietos, Eleazar y Marcelino, tenían prohibida la entrada. De unas semanas para acá les había entrado una absurda necedad por invadir el cuarto. Nicolasa, conocedora de las consecuencias, frustró cada uno de sus intentos.

¾¿Qué no entienden que no pueden jugar aquí? ¡Niños!

Pero cuando a un niño le dices que no su mente materializa un . Era cuestión de tiempo para que la sala fuera profanada.

La oportunidad dorada llegó cuando un hombre escaló un poste de luz y decidió acostarse encima de los cables. Muchos dicen que se inmoló como un acto de protesta, pero nadie prestó atención a sus consignas. El suicidio de aquel hombre bastó para dejar a la calle sin luz durante una semana.

Un oleaje naranja se cristalizó en las pupilas de Marcelino cuando la flama se expandió por toda la mecha.

¾¡Ándale! No te quedes viendo y ayúdame a llevar esta vela a la sala.

Mientras Marcelino iluminaba la sala, su hermano hacía lo propio en la cocina y su abuela apagaba el último cerillo en el rellano.

¾Pues espero que ya con eso. A ver cuántos días nos dejan sin luz estos desgraciados.

Llamaron a la puerta. A Nicolasa nunca le ha gustado abrir, por eso siempre pretende no hacer ruido para que piensen que no hay nadie, pero los golpeteos no cesaban y la anciana tuvo que atender con lamentación.  

¾Niños, voy a estar un ratito acá afuera en una junta con los vecinos. Quédense jugando en la sala. Cuidadito y los vea de latosos.

Múltiples campanas de alerta retintinearon en las cabezas de los hermanos. Era el momento de ejecutar la jugada. Siempre lo habían planeado así: cuando la abuela se descuidara invadirían la habitación.

No demoraron en plantarse frente a la puerta. Era un madero pesado, polvoriento y roído que hacía un rechinido violento cuando lo empujaban; además, estaba asegurado con llave, pero ellos ya habían pensado en cómo salirse con la suya. Usaron un machete con el que penetraron el espacio que queda entre la puerta y el marco para botar el pasador. Se ayudaron de un tubo de metal para hacer palanca y empujar el enorme portón. Una nube de polvo se elevó desde el piso enrojeciendo sus ojos e irritándoles la garganta, pero eso no los detuvo.

Mientras el humo se disipaba, el tesoro lumínico de la abuela se develaba frente a los niños. Cientos de flamitas brillaban cual luciérnagas sobre un altar tapizado de retratos. Su crepitar era indiscreto. Se meneaban sincronizadas de un lado a otro. La incandescencia temperaba los cachetes rojizos de los hermanos. Era tal la majestuosidad de aquella obra levantada por su abuela que ninguno de los dos reunió la fuerza necesaria para dar un paso al frente, hasta que la centelleante variedad de las veladoras les permitió desinhibirse.  

¾Mira esta veladora.

¾Está chida. ¡Mira esta!

¾Está chida.

¾¡Sí!

¾Sí, ¿verdad?

Eleazar no soportó el hipnotismo del fuego y quiso apropiárselo de forma prometeica, pero el calor del cristal fue demasiado para sus lozanas manos.

¾¡Ay!

¾Ya te quemaste, babas.

¾¿Nos vamos a llevar una?

¾Sí, pero primero hay que apagarlas para que se enfríen. Escoge la tuya.

¾Yo esta, la del vasito rojo.

¾Está chida. Yo quiero la grandota con la calavera dibujada.

Soplaron con la ilusión de un cumpleañero que, recién pedido su deseo, se dispone a morderle al pastel. El viento y una ligera brisa de saliva extinguieron las flamitas ondulantes. Una tira de humo serpenteante surgió de ambas mechas, pero en lugar de seguir con la lógica de su química, no terminó por expandirse hacia el techo de la sala, sino que giró en espiral ascendente formando un remolino que levitaba sobre el vacío. Los niños identificaron que la sensación que aquel evento les producía no era en absoluto positiva. Entrelazaron sus manos y se replegaron contra la pared. Marcelino miró de reojo la puerta sólo para ver cómo era arrastrada con vehemencia hacia adentro. La posibilidad de escapar se había esfumado.

¾¿Qué hiciste? ¾preguntó Eleazar.

¾¡Yo nada!

La remolinante presencia adoptó una forma circular y se quedó suspendida encima del altar. Se podía visualizar gracias a las hileras escalonadas de veladoras que refulgían en la oscuridad como un cielo estrellado. Era un aro compuesto de humo negro que medía aproximadamente dos metros de diámetro. Los niños cautivos le gritaron aterrados que los dejara en paz, pero la figura no se comunicó con ellos a través de las palabras, sino que penetró en sus consciencias.

¾No se puede escapar de las consecuencias de la profanación. Su nula experiencia de vida no los exime. Tenemos la consigna de proteger el orden sagrado de los rituales y flagelar a quien lo altere. El sometimiento de sus espíritus romperá a sus endebles cuerpos y cumplirán su condena pregonando su vileza durante toda la eternidad en el mundo inmaterial.  

Las infantiles mentes no podían comprender la naturaleza de aquel mensaje que resonaba en sus cabezas. Se desvanecieron en el suelo mientras su corazón se ralentizaba. Su respiración se entorpecía al salir y regresar por sus fosas nasales. Su vivaz mirada fue perdiendo su brillo, oscureciendo la última imagen que ambos presenciaron en el mundo material: un altar repleto de fuego y recuerdos, que en tonalidades naranjas descubría incontables retratos de antepasados que nunca llegaron a conocer, pero que eran la razón de que ellos hayan degustado las mieles de la vida, aunque haya sido por fugaces ocho y siete otoños.

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